Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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lunes, 21 de enero de 2013

CAPÍTULO SEGUNDO (Parte 1) - Derlan

   

        Había de irse, tenía que partir. Por mucho que le doliera, por mucho que fuera a echar de menos su patria... No tenía otra opción. Época de guerras, época de conflictos, el Norn. El Norn. Eso era lo que había oído. El malvado mago Zaryll, habiendo reunido a los seres oscuros del norte bajo su mando, se proponía someter el reino.
          ¿Y qué podía aportar él, un simple arquero, al ejército? En parte era culpa de su padre: le había ordenado unirse a las tropas del rey Trión en el conflicto que se avecinaba. Suspiró. Tendría que ir a Ossián, la capital. Pero eso aún quedaba en cierto modo lejos; a poco más de un mes de viaje por las agrestes tierras de Eorn, donde los caminos eran escasos y llenos de peligros y los pueblos aldeas dispersas y pequeñas. En parte era también culpa del deber. En parte lo era de la lealtad. En parte era culpa de su deseo viajar más allá de las fronteras de su aldea.

          Agarrando con la mano las riendas de su caballo castaño, Harrow, Derlan se giró hacia sus padres que esperaban a la puerta de la pequeña casa. Una trémula y triste sonrisa afloró, sin pensarlo, a sus labios. Les echaría de menos.
          —Padre, madre —murmuró mientras apartaba de su rostro la larga cola de cabello castaño claro.
El robusto hombre que era su padre, Aoreth, se acercó a él, rodeando los hombros de su esposa con un brazo en un gesto infinitamente tierno. Eso  desconcertó a Derlan, nunca se había mostrado tan expresivo.
          —Ten mucho cuidado —le dijo, dejando a su madre y aproximándose para palmear su hombro y mirarlo a los ojos—, la guerra no es un juego. No será como en los entrenamientos o como cazar en el bosque. No te arriesgues inútilmente.
          —Lo recordaré —susurró el joven, y se dirigió a su madre, Dayna—. Madre... Yo... lo siento, pero ya sabes que…
          La alta y delgada mujer no fue capaz de retener por más tiempo las lágrimas y se abrazó a su hijo con fuerza; brillantes perlas saladas cayeron sobre la verde manga de la camisa del joven. Este estrechó a su madre entre los  brazos, sosteniéndola. Al cabo de unos segundos, cuando la mujer dejó de  temblar, la apartó de su lado, besó sus cabellos y se volvió hacia el joven que esperaba en el centro del camino con una media sonrisa brillándole en los negros ojos. Tirando de las riendas del caballo se acercó a despedirse de él.
          —De modo que al final te vas —le dijo este asiéndolo por los brazos en el tradicional saludo de Bakán—. Buena suerte entonces, Derlan —Y, sin esperar respuesta, le dio la espalda, la luz del sol naciente reflejándose en sus cabellos cortos de color azabache al filtrarse entre la niebla. Desapareció al entrar en la casa que había al lado de la suya.
          —... —la sonrisa se ensanchó en el rostro de Derlan hasta casi hacerle reír. Oso, el mismo de siempre. No le había dado siquiera tiempo de replicar.
          De un ágil salto se encaramó a la grupa de Harrow, el corcel corcoveó y  Derlan tensó las riendas hasta calmarle. Alzando la zurda en un último saludo, espoleó al caballo por la calzada de tierra apisonada cubierta de paja.
          Las pequeñas casas encaladas de blanco, con ventanales tallados de mil  formas y acogedores techos de paja, se sucedían a ambos lados de la calzada. A su derecha iban quedando atrás los corrales de cerdos y ovejas, y el grave retumbar de la herrería. La luz del sol caía, cálida, entre la niebla. Dejando atrás la plaza de la aldea, donde los ancianos se reunían en consejo y los perros dormitaban a la sombra de los troncos los días de verano, se dirigió a la salida del poblado, un simple arco de postes de madera.
          Un grupo de obesas gallinas cloqueó y se dispersó a su paso. Y allí estaba Flyll, sentado a la puerta de su casa de dos plantas, con su larga barba blanca cayéndole sobre las rodillas y fumando de una pipa con la forma de un  dragón, la cola formaba la caña. Su puntiagudo sombrero gris rata de ala ancha caía sobre unos enigmáticos ojos ensombrecidos por las pobladas e hirsutas cejas albas. El olor a tabaco llegaba hasta él trayéndole recuerdos de la infancia... El humo brotaba de la cazoleta en pequeñas espiras hacia el cielo.
          Cuando Derlan hizo detenerse al caballo a la altura del anciano, este alzó la mirada y se levantó con movimientos sorprendentemente ágiles. Quitándose la pipa de la boca le tendió la mano. El joven arquero estrechó el brazo del mago y sonrió.
          —Me marcho, maestro.
          —¡Bhag! —renegó Flyll señalándole con la boquilla de la pipa repetidas veces—. Te he dicho mil veces que no me llames maestro, muchacho.
          —Lo sé, abuelo —rio Derlan.
       —¡Hum! —gruñó el mago volviendo a introducir la pipa entre los dientes—. Ten cuidado ¿de acuerdo? Dicen que los caminos no son tan seguros como antes, muchacho. Vas hacia Ossián ¿no? —el joven asintió y tiró de las riendas de Harrow haciendo que retrocediera unos pasos—. Dirígete entonces al oeste, y al llegar a Lecig gira al norte; es el camino más seguro para viajar a la capital. Con un poco de suerte llegarás en una luna. Y créeme, vas a necesitarla —añadió en un ronco murmullo más para sus propias barbas que para los oídos del joven.
          Derlan, durante unos segundos, dudó de haber oído algo; luego estuvo seguro de ello, pero se abstuvo de preguntar. No hubiera sido educado. El viejo Flyll chocheaba un poco últimamente.   
          —¡Adiós y gracias, abuelo! —exclamó espoleando a Harrow para que trotara a través de la puerta del poblado.
          El caballo zaino caminó bajo el travesaño de madera de la alta puerta y  enfiló el sendero que se adentraba en el denso bosque de pinos que rodeaba la aldea.
          Flyll contempló, con el entrecejo fruncido y chupando distraído la boquilla de la apagada pipa, como su joven pupilo desaparecía de su vista. Cuando tan solo fue una sombra perdiéndose en la niebla de la mañana, entrevista  bajo las ramas de los viejos árboles, el anciano hechicero dejó caer todo el peso de su cuerpo en uno de los laterales de la puerta. Con movimientos deliberadamente lentos asió la pipa con una mano y la contempló largo rato en  silencio.
          —Ten cuidado, muchacho, mucho cuidado —le susurró a la nada.


          A media mañana la niebla levantó, dejando que la luz del sol se filtrara tamizada por las ramas de los pinos e iluminara en mil tonalidades doradas y verdes el sendero. A ambos lados, en la empinada ladera del valle, la maleza se había adueñado de los huecos que había entre los troncos de los árboles; grandes helechos de frondosas hojas esmeralda y malévolas zarzas de afiladas espinas ahogaban cualquier otro rastro de vegetación. La niebla había dejado un agradable frescor en el aire impregnado del olor a resina y a musgo húmedo. De algún lugar a su izquierda le llegaba el rumor del arroyo que descendía hacia la aldea en su abrupto lecho de rocas redondeadas. Sobre él, en la techumbre de entrelazadas ramas, trinaban cientos de invisibles pajarillos, y más de una vez oyó chillar, y desaparecer con una lluvia de agujas entre las sombras, a las bulliciosas ardillas.
          Un trecho más adelante, el camino giraba a la izquierda y pasaba sobre el río, que se precipitaba en una refulgente cascada entre dos paredes de roca, mediante un puente de madera de pino. Chispas de plata salpicaron su rostro y se posaron en sus largos cabellos castaños. Acunado por el rítmico golpeteo de los cascos del caballo sobre las tablas, sonrió con nostalgia, recordando...


          La luz entraba a raudales por la pequeña ventana que había sobre la mesa y caía al interior de la estancia haciendo brillar diminutas partículas de polvo en el aire. Aoreth, su padre, estaba sentado frente a él con las manos cruzadas sobre la mesa y la mirada baja. Sus ojos grises miraban al vacío. Se encontraba practicando con Oso el tiro al blanco cuando su padre le había llamado; ahora, dentro de la casa, no parecía querer hablar, como si lo que fuera a decir pudiera tener repercusiones inesperadas y fatales. El hombre de mediana edad suspiró finalmente y miró con fijeza a su hijo.
          —Derlan... Lamento tener que hacerlo, créeme —añadió sacudiendo la cabeza con brusquedad; luego guardó silencio de nuevo.
          —¿Hacer qué, padre? —los ojos de un intenso gris acero del joven brillaron suspicaces.
          —Escúchame bien, muchacho —Aoreth se inclinó hacia delante—. Hay  guerra en el Norn, como bien sabes. Los mercaderes no han traído otras noticias durante todo el verano. Zaryll, el mago negro, ha reunido finalmente un poderoso ejército y avanza tratando de conquistar el reino; sus hordas no parecen detenerse ante nada ni nadie. El rey Trión está reuniendo sus propias tropas para enfrentarse a esa amenaza, está reclutando de todos los confines del reino hombres y mujeres capaces de manejar un arma —Aoreth enmudeció, su rostro ensombrecido ahora por la preocupación, pero sus ojos entrecerrados continuaban fríos como el hielo.
          Derlan se mesó largos cabellos castaños, que caían sueltos a su espalda y sobre sus hombros, con el ceño fruncido.
          —¿Qué tratas de decirme, padre? ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? Vivimos demasiado lejos, aquí no ha llegado nadie a reclutar.
          El barbudo y robusto hombre suspiró.
          —Lo sé, sin embargo tienes que ir a Ossián y ofrecerte como arquero. Has de ponerte al servicio del rey Trión, nuestro rey —puntualizó—, como hice yo en mi juventud con su padre.
El silencio se extendió entre ellos largo rato. Durante todo el verano Oso y él habían fantaseado con la idea de unirse al ejército, pero no habían sido más que eso, fantasías. Ahora sin embargo, ahí estaba su padre ordenándole marchar.
          —Yo… Padre… yo no… no estoy… ¿Por qué? ¿Por qué tengo…?
          Aoreth se reclinó con calma en la silla y se mesó la barba entrecana.
          —Cuando yo era joven serví al rey Arstión y fui capitán de sus tropas de arqueros, incluso unos años después de casarme —su vista vagó por la sala hasta clavarse en el gran arco de madera de tejo, con refuerzos metálicos, que había sobre la chimenea—. Luego me retiré a vivir aquí cuando Trión fue coronado, antes de que tú nacieras; quería llevar una vida tranquila, lejos del ajetreado ambiente de la corte. Lejos de sus intrigas.
          »Pero mi lealtad aún perdura y ahora me veo obligado a enviarte a la guerra; tu brazo será necesario allí, en el Norn —Aoreth hizo una pausa, midiendo bien sus siguientes palabras—. Si hubiera otra salida créeme si te digo que la elegiría. Por desgracia no es así, y como leal súbdito de la corona de Bakán has de hacer lo que te pido. Iría yo mismo si fuera más joven, pero mi tiempo ya ha pasado. ¿Qué menos que enviar a mi hijo en mi lugar?
          Durante un rato ninguno de los dos dijo nada; Derlan miraba a su padre entre asombrado y dolido, pero con un destello de admiración en sus apuestas, aunque angulosas, facciones. Aoreth había cerrado los ojos y esperaba en silencio, reclinado en la silla.
          —Padre... yo... Tengo que ir ¿verdad?
          —Así es —gruñó inclinándose de nuevo sobre la mesa.
          Derlan inspiró profundamente y luego dejó salir con lentitud el aire entre los labios. Asintió apartando el largo flequillo del rostro.
          —Lo haré, padre. Iré a Ossián y me presentaré ante Su Majestad, el rey  Trión. Oso y yo ya habíamos hablado sobre ello, la verdad. Pero no creíamos que… —dejó las palabras en el aire, encogiéndose de hombros.
          El hombre se levantó con una forzada sonrisa en sus severas facciones y avanzó hasta la chimenea. Cuando se volvió, el largo arco estaba en sus manos; entre sus dedos colgaba de una correa de cuero el carcaj que antes reposaba colgado de la pared. Acercándose de nuevo a su hijo le tendió el arma. El joven lo cogió con manos temblorosas y manifiesta reverencia; su padre nunca le había dejado tocar aquel arco.           La madera era suave y cálida al tacto, pulida por los años de uso.
          —De ahora en adelante será tuyo —susurró Aoreth—. De la misma forma en que lo usé yo hace tiempo, ahora lo usarás tú. Utilízalo para proteger tu tierra y a la gente que amas. Dile al rey Trión que vas de mi parte. Que Aoreth ar Vhalaan envía a su hijo en su nombre
          Derlan lo estrechó contra su pecho y asintió.
          —¿Madre? —inquirió en un murmullo.
          —Lo sabe...


          El sol comenzaba a calentar la mañana y se había empezado a levantar niebla de nuevo, una pegajosa bruma al evaporarse la humedad del bosque. Derlan se quitó el jubón sin mangas de lana de oveja y se quedó solo con la túnica verde hoja. Guardó la pieza de lana en el petate y, distraído, acarició la madera de tejo del arco que llevaba atado y sin tensar en la silla.
          —Lo haré lo mejor que pueda, padre —susurró.
El caballo trotó camino arriba por una abrupta cuesta y se encontró en lo alto del valle, sobre un farallón de roca que descendía, entre pinos, hacia el oeste. El bosque se perdía en el horizonte, cubierto parcialmente por una suave neblina. A su derecha se elevaban las altas estribaciones de las montañas de Nairaba, que rasgaban el cielo con su negrura.
          Haciendo girar a Harrow, contempló su hogar por última vez. El valle se hallaba inundado de nuevo por la niebla, pero abajo, entre el denso manto del bosque, podía ver difusas espirales de humo elevarse de la oculta aldea de Eshainne,  siempre hacia arriba, siempre hacia el cielo, como si quisieran alcanzar las lejanas estrellas. Derlan tiró de las riendas del corcel, dando la espalda a su hogar, y comenzó a descender hacia el Orn, hacia su destino.
          El sol continuó ascendiendo en el firmamento, ya cerca de su cenit.


          Las llamas se elevaban hacia el estrellado cielo nocturno, su trémulo resplandor dorado oscilando y danzando en los troncos de los pinos y castaños del bosque, y reflejaban su luz en los grises ojos de Derlan. La mitad de su rostro  estaba sumida en sombras.
          Llevaba tres días de camino en dirección suroeste, bordeando las estribaciones meridionales de las montañas de Nairaba. Era el primer día que dormía bajo las estrellas. Sabía que era poco probable que fuera a tener la misma buena suerte de los dos días anteriores y pudiera dormir en el pajar de alguna de las pequeñas aldeas que rodeaban la suya. De ahora en adelante viviría bajo el sol y la luna hasta llegar a Lecig. ¡Qué lejos veía aquello! Sus ojos se clavaron de nuevo en las llamas de la fogata.
          Sin que se percatara de ello sus pensamientos comenzaron a derivar hacia la guerra. Hasta entonces no se había molestado en pensar demasiado en ello, tal vez porque todo estaba ocurriendo con demasiada rapidez, o tal vez porque esta era la primera de muchas noches en que tenía tiempo para reflexionar. Quizá era la calma del bosque, cuyo silencio solo lo rompía el canto de los grillos.
          «Zaryll... ¿Cómo será? Y ¿por qué quiere conquistar Bakán? No le veo sentido. Supongo que sabrá que somos los mejores guerreros de Astargia; por eso no han logrado invadirnos antes. Pero padre dijo que se han aliado con él los seres del Norn. Trasgos, supongo y elfos negros —el nombre de aquellas criaturas sanguinarias y crueles, las más temidas y odiadas de Bakán, se filtró en sus turbios pensamientos haciendo que una fría garra de hielo rozara su espalda—. ¡Oh, Dioses! —jadeó—. Los elfos negros... Eso no es posible… Ellos solo obedecen a su rey, no pueden haberse puesto al servicio de Zaryll... —pensó frenético, mirando el fuego con las mandíbulas apretadas—. Pero si lo han hecho ¿qué pacto habrá hecho con ellos? ¿Habrá vendido su alma o algo así? ¿Les habrá vendido niños? Las comadres dicen que sólo se alimentan de bebés humanos.»
          Luego estaban, además, las hordas de pintones y de otras criaturas cuyo nombre no lograba recordar; los kobolds y orcos... ¡y el dragón!
          Derlan tragó saliva y aspiró entrecortadamente, de repente el bosque le parecía extraño, demasiado silencioso, plagado de criaturas que esperaban a que el fuego se apagase para atacar. Luminosos ojillos rojos y dorados que lo observaban  desde las sombras, entre la maleza y sobre los árboles, sesgados algunos, redondos y bulbosos otros. El joven tragó saliva y se humedeció los secos labios.
          —¡Basta! —se increpó a sí mismo en voz alta—. Mira, estás solo en el bosque, no hay criaturas negras del Norn por los alrededores y en cuanto al Dragón Negro del Norn, tan sólo es un mito; nunca nadie lo ha visto ni nadie lo verá nunca pues no existe. Los dragones duermen en Bakán, todos los saben. Lo demás son sólo mitos. Zaryll no tiene un dragón a sus órdenes —pronunció cada palabra por separado con suma lentitud para asegurarse de que su mente registraba el mensaje—. Será mejor que te duermas ahora, estás hablando sólo —suspiró no del todo seguro de sus propias palabras.
          De las alforjas de Harrow sacó una manta de lana sin teñir con la que se envolvió y acurrucó cerca del fuego. El caballo ya dormitaba atado a un arbolillo y, pese a todas sus inquietudes, pese a todos los terribles presagios que su mente pudiera concebir, el sueño no tardó en vencerle.
  
 
          Un siseo frío y cruel terminó de despertarle. Derlan rebulló durante unos instantes bajo la manta antes de abrir los ojos, soñoliento. Todavía era de noche, pero un leve resplandor en el este anunciaba el próximo amanecer. Unos ojos dorados, grandes como manos y sesgados, le miraban con despiadada ferocidad del otro lado del claro. Entre las enormes fauces dentadas del dragón negro colgaban los sanguinolentos despojos de Harrow. El siseo era el cadencioso respirar de la enorme bestia.
          Derlan quiso gritar, correr, huir de la mortífera criatura que comenzaba a avanzar hacia él con sinuosos movimientos, pero todos sus músculos estaban tensos como cuerdas de arco y era incapaz de articular palabra alguna, sólo un bronco gemido brotó de su garganta. El miedo frío que atenazaba sus entrañas amenazaba con ahogarlo. Un arma. La idea se filtró en su embotado cerebro haciéndole reaccionar. Buscó frenético el arco de su padre, pero había desaparecido. El fuego se había apagado y no servía como arma.
          —¿Bussscasss esssto, hombresssito? —siseó el dragón con voz áspera y gutural mientras una lengua bífida aleteaba entre los grandes colmillos. En una de las garras delanteras le mostraba el arco partido en dos—. ¿Ess esssto lo que quieresss?
          El joven tan sólo tuvo tiempo de gritar antes de que las fauces de la bestia se cerraran sobre él. La cálida sangre manchó la hierba de carmesí.

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3 comentarios:

  1. Muy bueno! Me ha gustado mucho la conversación entre Derlan y su padre, y el final me ha dejado con la boca abierta. No me lo esperaba para nada.

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    1. Psst pssst sigue leyendo, que el capi tiene parte 2... No te quedes con las ganas, hombre. XD

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  2. Para la próxima ocasión leere antes el título y me fijaré en que pone parte 1 :P ...

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